Federer, campeón por naturaleza

Roger Federer es, sin duda, el jugador más grande de tenis que olvidó decírselo a Roger Federer.

Autor: Redacción Maxim 29 Enero, 2017


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Foto: Cortesía de Nike.

 

Por Tim Sturby

 

Se suponía que iba a ser el final. En la cuarta ronda del Abierto de EUA 2013, Roger Federer se enfrentó con el español Tommy Robredo, un hombre que lo había desafiado en 10 partidos anteriores. Esa noche, sin embargo, el guion sería reescrito.

 

La estrella suiza calculó mal las manos delanteras, soltó su revés, desperdició puntos de quiebre y repartió 43 errores casuales. El una vez imperturbable campeón incluso pateó una pelota, en señal de frustración en el camino a una derrota en sets corridos. Para muchos, el acto fue sorprendente. Durante más de un década, Federer parecía infalible.
 
Ser testigo de su transparencia, sus movimientos líquidos artísticos en la cancha y su juego –nada menos que arte– era ver la forma más pura del deporte, al igual que Messi con un balón de futbol o Tiger cuando gobernaba las calles. Como Jimmy Connors una vez le dijo a la BBC, en el juego moderno, “O eres un especialista en tierra, o un especialista en césped, o uno en pista dura… o eres Roger Federer”.
 
Y por primera vez desde el 2002, no alcanzó una final de Grand Slam. Salió de Wimbledon en la segunda ronda y quedó en el séptimo lugar en la clasificación mundial. Así que no fue una sorpresa que después de una derrota contra un tipo que podía caminar por el Centro Nacional de Tenis Billie Jean King sin ser reconocido, los comentaristas estaban usando frases como “sentido de duelo”, “final de una era” y “el sol comienza a bajar en la carrera de Federer”.
 
Los aficionados gritaban, como si Miguel Ángel estuviera siendo forzado a dejar los pinceles. Pero ¿por qué el tenista suizo no debía de dejar el juego? Desde que se hizo profesional en 1998, reescribió los libros de récords. Ganó 17 títulos de Grand Slam y pasó 302 semanas como el jugador número uno del mundo. En tres temporadas separadas, llegó a las finales de los cuatro majors y alcanzó las semifinales de esta categoría 23 veces consecutivas. Lo hizo con talento puro, con un carácter infatigable.
 
No hubo mejor prueba de ello que la final de Wimbledon de 2008, cuando perdió en una épica batalla a cinco sets y casi cinco horas contra Rafael Nadal, en lo que muchos consideran el mejor partido jamás jugado. Eso pudo derrumbar a muchos jugadores. ¿A Federer? 10 semanas más tarde, forjó su camino a la corona del Abierto de EUA. “Él es el mejor jugador que jamás haya existido”, proclamó el talentoso John McEnroe.

 

Tenis perfecto
Mientras los rumores incrementaron, los más cercanos a Federer sabían hacer caso omiso de la charla. Para ellos, la reciente falibilidad de Roger pudo ser una sorpresa, pero el retiro era inimaginable. Mientras el tenista parece la representación de la calma y gracia colectiva, dentro de este hombre a veces humillado hasta las lágrimas que simplemente disfruta viajar por el circuito de la ATP junto a su esposa, Mirka, y sus cuatro hijos, se encuentra una necesidad primordial: la misma hambre inefable que poseen Tiger y Peyton. “Cuando haces algo en la vida”, él lo ha dicho, “no quieres renunciar a ello. Y para mí eso es el tenis”.

 

Incluso a los 15 años de edad, se veía el deseo de Federer. No era el elocuente estoico en ese entonces, sino un niño con extremidades largas de Basilea, Suiza, que arrojó raquetas, bolas de tenis y gritó en voz alta consigo mismo. La diferencia era que se comportaba siempre como cuando estaba ganando. Debido a que no se preocupa por el score. Él no estaba interesado en el trofeo. Estaba obsesionado con el juego, golpeando cada disparo de manera impecable. Su misión era la perfección en un deporte donde la perfección es, inevitablemente, imposible.
 
En una década, Federer cerró esa perfección. En el 2003 conquistó su primer Wimbledon, ganó tres Grand Slams en el 2004, y luego en el 2006 formó lo que es quizá la mejor temporada en la historia: 12 títulos individuales (incluyendo tres Grand Slams —la otra la perdió con Nadal—), un score de partidos de 92-5, y un punto final en 16 de 17 eventos.
 
Los aficionados lo amaban, no sólo por lo que logró, sino por la forma en que lo hizo. Su estilo de juego habla de la debida reverencia, como si fuera un ser vivo, una cosa, una entidad separada de sí mismo que respira. “Es hermoso verlo”, dice Gabe Jaramillo, quien entrenó a Andre Agassi, Maria Sharapova y Pete Sampras, y ahora es director del Club Med Academies en Sandpiper Bay. “Otros jugadores, como Nadal y Djokovic, son físicamente más fuertes, pero a todos nos gusta ver a Roger porque sólo él hace que el juego parezca tan fácil”, complementa.
 
Fuera de la cancha lleva la misma compostura sin esfuerzo. “Él es como una mezcla entre John Wayne y James Bond”, describe Justin Gimelstob, una exestrella de la ATP, ahora comentarista de Tennis Channel y entrenador del jugador mejor clasificado de EUA, John Isner. Las ganancias de la carrera de Federer de $97 millones de dólares (más patrocinios con marcas como Rolex, Moët & Chandon, Nike y Mercedes-Benz) le brindan un lugar en Dubái, una villa en el lago de Zúrich y un chalet de esquí en los Alpes suizos en la estación de montaña de Lenzerheide. También disfruta de un estilo de vida cual celebridad internacional. Bradley Cooper es un habitual de Federer. El ícono francés del futbol Thierry Henry es un buen amigo. Y se conocen sus salidas nocturnas (aunque muy ocasionales), como un festejo tardío para celebrar su cumpleaños, que ocurrió en una casa de Manhattan, Beatrice Inn, donde el tenista cenó con Diane von Furstenberg, Nicole Kidman, Oscar de la Renta y el mismísimo diablo vestido en Prada, Anna Wintour, de Vogue.
De hecho, Federer y Wintour entablaron una estrecha amistad durante los últimos 15 años. “Saco todo tipo de ideas de ella”, admite Federer. “Lo que hay que usar en y fuera de la cancha, en sesiones de fotos, con patrocinadores, todo”.

 

Regresa el mejor

 

Sin embargo, la figura más popular del deporte en el planeta está desprovisto de ego y pretensión. “Él es el chico más comprometido y presente en la gira”, define Gimelstob. Pregúntale a cualquiera que se haya cruzado con Federer y escucharás sobre su ingenio, generosidad y calidez. “Había tenido una gran entrevista en Tennis Chanel”, dice Gimelstob. “Roger había jugado cinco sets y aceptó tomarse tiempo para sentarse conmigo. Hacemos toda la entrevista, después de lo cual un técnico anuncia que algo salió mal: no hay sonido. ¿Qué hizo Roger? Volvió a hacer toda la entrevista”.

 

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