Inspiración latina: Mon Laferte

Conversamos con la cantautora chilena que seduce al mundo con los ritmos latinoamericanos que corren por sus venas.

Autor: Javier Malo 8 septiembre, 2017


 

Nos encontramos con ella en una oficina cerca del ángel de la independencia, luego de meses de gira es uno de los espacios que le recuerdan que está en su nuevo hogar. Para Mon Laferte siempre han estado conectados México y Chile; existe un “hilo transparente que nos une” y enriquece nuestro folclor.

La mayor apuesta de su vida es también una consagración personal con su máxima pasión: la música. Creció entre tango, cumbia, Cantinflas y María Félix, regresa a la raíz de su infancia para presentar la propuesta melódica que la está llevando a conquistar audiencias alrededor del mundo como un ícono latinoamericano en esplendor.

 

¿Cómo llegaron a tu vida las figuras de México a las que rindes homenaje con tu música?

 

Culturalmente nos llegó todo a Chile, la música, el cine de la Época de Oro y las novelas.  A mi abuela le cautivaba ese cine, entonces me ponía los domingos la televisión abierta con películas de María Félix y Cantinflas; también me crié viendo El Chavo y María la del barrio.

 

¿Desde tu infancia comenzaba a inspirarte el folclor?

 

Bueno, mi abuela era como una María Félix, era muy chistosa, en la semana parecía homeless, con un gorro de lana tocando la guitarra, todos los días cantaba bolero, tango y música folclórica. No me dejaba ir a dormir, me ponía a cantar con ella hasta las tres o cuatro de la mañana, todos los días. Pero cuando llegaba el fin de semana, se transformaba en María Félix, se ponía la mascarilla, los tubos en la cabeza y se arreglaba bonita para irnos a bailar tango.

 

Ella me cuidaba, pero pobrecilla, ahora pienso que salía a bailar, ligar o socializar y tenía a la nieta a un lado. Viví mucho con ella y toda la parte artística fue con ella.

 

Entonces, ¿la música siempre ha estado en tu vida?

 

Sí, claro. Siempre. Parece un súper cliché, pero cantaba desde que nací; todos en mi familia eran artistas y yo no entendía cómo otras personas no podían afinar. Creo que mi abuela tuvo mucho que ver porque me decía todo el tiempo que yo iba a ser cantante.

 

 

Con tu familia motivándote, ¿cómo imaginabas de niña lo que ibas
a ser de grande?

 

Esto es muy extraño, yo tenía un sueño recurrente y lo dibujaba: era un teatro con cortinas rojas, una mujer en un vestido rojo y un micrófono, las cabecitas de las personas y una luz. Lo gracioso es que sin planearlo, terminé tocando en teatros con mi vestido rojo, pero no me acordaba del dibujo que hacía de pequeña, mi mamá me lo recordó hace poco. A lo mejor uno ya sabe lo que tiene que hacer en esta vida, ¿no has pensado eso?, que ya está todo escrito.

 

¿En algún momento estudiaste música o cómo fue tu camino?

 

Nada. Sólo acabé la primaria y de ahí a la vida, a tocar. Una vez el alcalde de Viña del Mar me escuchó cantar y me dio una beca para estudiar música en el conservatorio. En ese entonces era una niña rebelde y muy tonta; enseñaban música clásica y yo me aburría. Ahora me encanta la ópera, pero en ese tiempo, estábamos en los 90 con el grunge, y yo quería tocar la guitarra y sacudir la cabeza. No duré ni un año y me salí. Es lo único que estudié.

 

Cuando compones tus canciones, ¿cómo es tu proceso y de qué manera ha evolucionado?

 

Siempre está cambiando, intento aprender y ser mejor, tanto en la lírica como en la parte musical. En las primeras canciones que escribí no había internet y no estaba la tecnología actual donde si quieres aprender a tocar un instrumento, pones un tutorial y vas aprendiendo. Yo no sabía las notas, comencé cuerda por cuerda con un cancionero que había en la casa y después en un cuaderno escribí todas las palabras que me parecían bonitas, luego palabras que me parecieran de enojo, otras de melancolía y luego otro cuaderno completo sólo de palabras que rimaran.

Así escribía canciones al principio y me demoraba hasta un mes por canción, ahora, a veces tomo un papel, la guitarra y sale todo en una sesión. Va cambiando el proceso y seguirá cambiando.

 

 

¿Y cómo llegó tu primera oportunidad?

 

Creo que la gran oportunidad llegó cuando vino la primera persona a buscarme. Yo cantaba en el barrio o en festivales de la escuela y ganaba una guitarra o una toalla; fue un señor a preguntarme si quería trabajar cantando y le contesté que sí; tenía 13 años… Me envió a una audición y quedé, tenía que cantar todos los días y me pagaba lo que equivale ahora a 20 pesos por show. Creo que esa fue la primera gran oportunidad, porque si no hubiera pasado eso, no sé qué hubiera sido. Desde esa vez comencé a trabajar y nuca paré.

 

En el progreso de tu trayectoria has desarrollado una identidad que integra varios ritmos de Latinoamérica, ¿ha ido enriqueciéndose con la experiencia?

 

De hecho, estábamos tocando en Sudamérica y me di cuenta de que mi disco tiene elementos de la música de Perú, siento que la música y el mundo están mezclados y a mí me encanta porque soy migrante. Sí tiene mucho de latino mi disco, integra cumbia y ese me parece el ritmo por excelencia de Latinoamérica; en sus variantes todos los países tienen su cumbia, que surgió con los ritmos africanos y es una mezcla de la mezcla. Creo que “La Trenza” es un disco bastante latino, y pienso que es por ir al origen de la música que he escuchado desde que era niña y bailar tango con mi abuela. El disco es una raíz de mi infancia.

 

¿Qué te motiva para salir adelante en los momentos difíciles?

 

Me enojo; cuando necesito tomar fuerza para algo, me enojo y hago las cosas, porque siento que cuando uno está lamentándose no hace nada y a mí me ha funcionado no esperar a que las cosas sucedan.

 

 

Encuéntrala en nuestra edición de música de septiembre y admírala en todo su esplendor.