Mito y narcoficción

El nacimiento, la construcción de un imperio y la caída del “Chapo” Guzmán son llevados a la pantalla por Univisión y Netflix.

Autor: Redacción Maxim 8 agosto, 2017


Texto por José Luis Ramos

 

Hay algo en los delincuentes que seduce al colectivo. No se trata de la brutalidad de sus actos, tampoco de su infame realidad, mucho menos de sus méritos o virtudes. A nadie le atrae la cara real de los criminales; sin embargo, la admiración popular se desprende del mito que se genera a su alrededor, las proporciones épicas y monstruosas, que se les atribuyen, son las cualidades con las que justifican su poder y riqueza desmedida. En nuestra sociedad, como escribió el poeta y periodista mexicano José Juan Tablada: “La riqueza material es una superioridad que nadie discute, y la pobreza una inferioridad que todos condenan”. Los narcotraficantes son los bandidos más populares en la actualidad y, por supuesto, son extremadamente ricos. Su mito aumenta a medida que crecen sus hazañas, los corridos, la reproducción de su imagen y su prominente carrera delictiva.

 

Las semblanzas sobre criminales no son nada nuevo en el cine y la televisión, pero en los últimos años la tendencia dominante en el storytelling corresponde a las historias ligadas al narcotráfico, ya sea sobre personajes de ficción o inspiradas en capos reales, su éxito ha sido innegable. Producciones como Breaking Bad o Narcos son el ejemplo perfecto de la atracción que generan las vidas de aquellos que decidieron vivir al margen de las convenciones de la sociedad.

 

El caso del narcotraficante Joaquín Guzmán Loera no es la excepción. La historia de una de las figuras más polémicas de nuestro país, quien llegó a ser el hombre más buscado del mundo, ha sido llevada a la pantalla en una coproducción entre Univisión y Netflix, cuya primera temporada se estrenó el 23 de abril en la cadena de televisión, mientras que a la plataforma de streaming llegó el 16 de junio con nueve episodios que narran su ascenso y primera estadía en un penal de máxima seguridad.

 

Mito en los tiempos del narco

 

El simbolismo del “Chapo” Guzmán comenzó con su captura en 1993; tras ocho años en la cárcel llevó a cabo su primera fuga el 19 de enero de 2001. Guzmán pasó de ser un criminal de medio pelo a convertirse en el hombre fuerte del Cártel de Sinaloa, la organización criminal más poderosa de occidente. Su historia real raya en la ficción: fue capturado de nuevo en 2014, y le bastaron unos meses para volver a escapar de un centro penitenciario de máxima seguridad, y como si se tratara de una película de Hollywood, huyó por un túnel en 2015. No obstante en 2016, después de una intensa cacería, fue recapturado, para ser extraditado a Estados Unidos en enero 2017.

 

 

Univisión tuvo varios intentos fallidos para llevar la vida del narcotraficante a la pantalla chica; sin embargo, fue hasta 2017 cuando logró materializar su ambicioso proyecto en mancuerna con Netflix y a través de Story House, una rama dentro de la televisora cuya misión es generar contenidos premium de televisión en español. “Lo que queríamos era contar la historia de cómo surge el mito del ‘Chapo’ Guzmán, más allá de que su vida y su realidad las conoce él; pero lo que a nosotros nos interesaba era la imagen, el mito y el personaje de dominio público; ésa es la historia que estamos contando”, afirma Silvana Aguirre Zegarra, guionista y productora de El Chapo.

 

La secuencia inicial muestra grabaciones reales de las capturas del capo, para luego mostrar al actor Marco de la O, en el papel del “Chapo”. Las imágenes son bastante elocuentes acerca de lo que podemos ver a lo largo de los primeros nueve episodios, una adaptación de material periodístico de archivo mezclado con ficción. De acuerdo con los productores de la serie, se buscó utilizar la historia de Joaquín Guzmán Loera para dar una visión más amplia del complejo mundo del narcotráfico.

 

“Es delicado tratar estos temas. Nosotros hemos hecho un esfuerzo para generar un equilibrio constante en el contenido, trabajamos en conjunto con el equipo del área de investigaciones de Univisión, liderado por el periodista Gerardo Reyes”, asegura Silvana, quien además destaca la participación del periodista mexicano tres veces ganador del Premio Nacional de Periodismo, Alejandro Almazán, en el grupo de escritores.

 

Uno de los retos más grandes, según Aguirre Zegarra, es conciliar los reportes periodísticos y la información de la vida real con una serie de ficción. “En algunos casos hicimos síntesis de personajes porque es una historia súper compleja y enorme, donde hay huecos informativos también; es entonces cuando decidimos recurrir a la ficción”.

 

En tanto, algo que más llama la atención de El Chapo es quese filmó en Colombia; el rodaje ha transitado por ciudades como Bogotá, Cali y Cartagena. Los directores mexicanos José Manuel Cravioto y Ernesto Contreras fueron los encargados de la primera entrega de la serie y quienes determinaron que se filmaría en el país cafetalero. De acuerdo con Silvana, “descubrieron que habían lugares de Colombia que se parecían más al México de los 80 que el mismo México de la actualidad”, además destaca la libertad brindada por Story House y Netflix, que “son compañías que permitieron explorar de la mejor manera posible, a nivel narrativo, la historia que queríamos contar”.

 

Poder y ambición desmedida

 

Uno de los temas centrales en la trama de El Chapo es la gran ambición por el poder. Además de la ficción sobre Joaquín Guzmán, se retrata un entorno político corrupto y sin tapujos. Como señala Silvana Aguirre: “esta serie no sólo se trata de la historia del ‘Chapo’ Guzmán como personaje, sino que muestra una mirada más amplia del mundo del narcotráfico que involucra también la corrupción del gobierno tanto mexicano como el de Estados Unidos”.

 

La otra cara de la moneda se encuentra en el personaje que interpreta Humberto Busto en la serie, “Conrado Sol” o “Don Sol”, quien es un asesor político codicioso, capaz de escalar peldaños a cualquier precio para obtener el poder. El contrapeso que ejerce recae en su labor política, pues a través de sus ojos veremos los tejes y manejes entre los funcionarios y el crimen organizado, en su figura se cristalizan todas las especulaciones de dominio público sobre la corrupción en el gobierno.

 

 

De acuerdo con la showruner peruana, el acento de la serie está determinado por los hechos y la acción dramática: “no nos apoyamos demasiado en las relaciones de melodrama clásico como de telenovela, eso no es lo que rige la serie y creo que es la diferencia que tenemos con otras producciones”.

 

La primera temporada inicia con el Chapo en una edad cerca de los 32 años y es la etapa en la que surge el mito y su deseo de ser el rey del narcotráfico. En la segunda temporada podremos ver el establecimiento de su imperio, cuando el Cártel de Sinaloa se convirtió en la organización criminal más poderosa del mundo. Este periodo abarcará la dolorosa guerra contra el narco, mientras que para la tercera temporada tendremos la cumbre y la caída del rey, de la cima del mundo hasta su extradición.

 

Entre la fascinación y el morbo

 

Con el paso del tiempo, la llamada narcoficción gana tanto adeptos como detractores.

De acuerdo con algunas críticas, el boom de las series y películas sobre narcotráfico corresponde a algún tipo de apología de los capos. No obstante, Silvana reconoce el riesgo y la responsabilidad que conlleva tratar temas tan polémicos y niega cualquier intento de apologizar al narco. “Tenemos la responsabilidad de estar contando la historia de personajes reales y contemporáneos  de un país. Lo que hacemos no es para juzgar ni para elogiar, no nos interesa hacer una apología; nos concierne narrar hechos recientes, basándonos en fuentes periodísticas acerca del ‘Chapo’ Guzmán y de la historia reciente de México”, puntualizó la cineasta de origen peruano.

 

Quizá los argumentos técnicos de esta coproducción no son nada que no hayamos visto antes, como la mezcla de imágenes de stock tal como lo observamos en Narcos, o los marcados timelapse de Breaking Bad. No obstante, apela al imaginario colectivo, al que no le pretende dar respuestas, sino generarle muchas preguntas, y demandar del espectador una complicidad que oscila entre la fascinación y el morbo que produce la vida criminal.

 

 

Encuentra este fascinante artículo en nuestra edición de agosto.
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