Jade Rivera, el muralista que desvanece la realidad

    Jade Rivera, el muralista que desvanece la realidad

    Este artista urbano peruano apuesta a representar la relación entre el ser humano y la naturaleza.

    Autor: Oscar Santillán 30 mayo, 2019



    Cortesía de Jade Rivera

     

     

    Conoce la obra del muralista peruano Jade Rivera

     

    Cuando Jade Rivera pinta, lo hace con una sola certeza: “Aunque suene crudo, el tiempo nunca se detiene y estamos muriendo todo el tiempo y nos vamos desvaneciendo. Trato de representar con mis pinturas este desvanecimiento”.

     

     

    Este muralista peruano de 36 años cuenta que su vínculo con la pintura nació a los once años. “Mi fascinación por el dibujo empezó con los cómics, los animes. Además en el colegio te decían: ‘vamos a hablar del corazón’ y tenías que comprar unas láminas bastante costosas para mí en ese momento y para mi familia, entonces lo que hacía era pedir la lámina prestada y la dibujaba”.

     

     

    Así Rivera se fue desarrollando, a los 14 años descubrió el grafiti y con ello tuvo su primer contacto con el arte público. Un viaje al Museo del Louvre, en París, fue la clave para descubrir un mundo más amplio: “Al ver en persona las cosas que hicieron los grandes maestros me despertó otra vez esta curiosidad por el realismo. En ese momento yo pasé a otra etapa”.

     

    APUESTA POR EL REALISMO

    Influenciado por Lucian Freud, Michaël Borremans y Joaquín Sorolla, dejó de lado el spray y optó por el pincel, lo que le significó otro reto. “Todo esto ha sido de mucha práctica y de mucho error, y en cada cuadro la técnica va mejorando, a la par también de la temática que creo que es el 70 por ciento. La temática es lo más importante en la obra creo yo”.

     

     

    Por ello, con los años Jade Rivera comenzó a ser más crítico, primero con un estilo ilustrativo para luego pasar a un contenido de mayor realismo donde la relación entre los seres humanos y la naturaleza están presentes y las máscaras juegan un rol importante.

     

     

    Para él, cada uno de sus murales son como la poesía: pueden tener millones de interpretaciones según las emociones de quien admire su trabajo. En su obra en San Petersburgo (EU) que se llama El Templo, “un señor empezó a llorar contándome lo que veía en el mural. A mí eso me dejó en shock totalmente. En Paraguay una chica que limpiaba autos me agradeció en lágrimas que le haya pintado un mural en su zona de trabajo, porque la transportaba a otros lugares”.

     

    Justo por las múltiples sensaciones que puede generar su obra, sostiene que la calle no es un lienzo, sino un espacio público que merece ser interpretado y reflejado en el mural, de lo contrario, argumenta, estaría haciendo publicidad.

     

    “Si vas a usar el espacio público hay que sublimar todo lo que el espacio público te dice. Yo soy bastante democrático en eso, yo creo que no hay que hacer publicidad con el arte”.

     

     

     

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