El peligroso salto desde el One World Trade Center en NY

    El peligroso salto desde el One World Trade Center en NY

    Conoce a los tres hombres que dieron un salto prohibido y peligroso desde la cima del One World Trade Center en NY.

    Autor: Redacción Maxim 8 abril, 2019


    FOTO: WILLIAMS+HIRAKAWA

    Por David Kushner

     

    No obstante, para Andrew Rossing sólo había una de hacerlo: desde la punta del One World Trade Center.

     

    Eran las 3:00 am del 30 de septiembre de 2013. Andrew, un carpintero delgado de 33 años con cabello oscuro y rizado, fumaba un Camel mientras veía desde la azotea hacia abajo los 105 pisos; Lower Manhattan brillaba bajo una nube oscura.

    “Agradezcamos al maldito Dios haber llegado tan lejos”, le gritó a los dos tipos a su lado. “Nos cuidará. Le gustan los borrachos y la gente estúpida”. Todo se sentía pacífico allí arriba, el aire estaba quieto y fresco. Mientras se inclinaba por la orilla, Andrew veía que el West Side Highway casi no tenía autos; a su izquierda, el río Hudson fluía en un largo listón negro. En la parte alta de la ciudad brillaba la punta del Empire State Building. Andrew esperó una vida para ese momento y ahora sólo tenía que saltar.

    Él y sus amigos, el herrero Jimmy Brady de 32 años y el instructor de paracaidismo Marko Markovich de 27, son paracaidistas de salto BASE. Esta técnica de lanzamiento es nombrada así por su término en inglés y se refiere a los cuatro tipos de plataformas desde donde es posible arrojarse (edificio, antena, puente y riscos). Este deporte es uno de los más riesgosos por un motivo: no hay aventura más extrema que ésta.

    Comparado con el paracaidismo clásico, en el salto BASE tienes menos tiempo para abrir el paracaídas y se suma el riesgo de chocar mientras caes contra el objeto del cual brincas. Con razón este deporte tiene su propia base de datos de fatalidades en línea, además de estar prohibido en casi todos los parques y ciudades. Andrew, Jimmy y Marko se mueven en este mundo ilícito: juntos registran más de mil saltos. Pero en esa noche escogieron el BASE más riesgoso de todos, no sólo por su altura de 540 metros, sino que estaban a punto de brincar desde una Freedom Tower aún no terminada, erigida bajo la sombra de los dos edificios caídos y las 2,753 vidas robadas del 9/11.

    “Fue un sueño desde el principio”, dice. Ahora los tres amigos tendrían que sobrevivir no sólo a la caída, sino también al castigo potencial por meterse al objetivo terrorista más grande en América.

    La cuenta regresiva: “Tres… dos… uno”, y luego saltó hacia atrás en la oscuridad. Andrew quería brincar del World Trade Center mucho antes de que cayeran las Torres Gemelas. “Veía esos edificios”, dice, “y me llevaron al salto BASE”. Hijo único, procedente de Warwick, Nueva York, buscaba la aventura desde que era bebé; al respecto, su madre Linda recuerda: “Saltaba de su cuna y de su bici mientras volaba por la cochera. Es de sorprenderse que nunca se lastimó”. Practica paracaidismo desde los 18, pero quería una emoción mayor y parecía no haber nada que superara la de saltar del WTC. No sería el primero en hacerlo, en 1975 el obrero del World Trade Center Owen Quinn alcanzó fama en Estados Unidos cuando se aventó con un paracaídas de las Torres Gemelas; luego fue acusado de violación de propiedad, peligro imprudente y desorden público. Hay ciencia tras un salto: utilizar un distanciómetro láser para determinar la altura del objeto, soltar una roca desde arriba y contar los segundos que tarda en caer al piso… Pero al momento que pegó contra el aire también sintió algo espiritual: “Para mí es sólo aceptar ante el universo que mi tiempo aquí no está garantizado y lo viviré de la forma en que quiera vivirlo. La fe es una acción, y la creencia es otra”. Después de cientos de brincos alrededor del país, supo cuándo encontró la religión. “Saltando”, dice, “ésa es mi iglesia”. No fue fácil encontrar un lugar al cual adorar en la ciudad de Nueva York, el gobierno de la ciudad aprobó una ley en 2008 en donde practicar paracaidismo desde edificios de más de 15 metros de altura se considera un delito menor.

     

     

    Pero el año pasado, un amigo le presentó a Andrew a alguien que compartiría su sueño: Jimmy Brady. “Trabaja en la Freedom Tower”, dijo el amigo. “Es herrero y practica el salto BASE”. Hijo de un empleado del departamento de basura en Long Island, Jimmy era un chico rudo con un cuello tan grueso como su acento. Una estrella de atletismo en la prepa que dejó la universidad para convertirse en herrero y pasar sus días escalando alturas. Cuando lo designaron para trabajar en la nueva Freedom Tower en 2002, Jimmy, que se describe como un “tipo patriota”, se sintió honrado; viga a viga, la torre se levantó y entre más alta, más orgulloso se sentía. El 14 de junio de 2012 estaba entre los obreros seleccionados para conocer al presidente Obama, quien llegó a firmar una viga que el mismo Jimmy después instaló en el edificio.

    “We remember”, escribió el presidente en el acero. “We rebuild. We come back stronger!”. Como Andrew, Jimmy practicaba salto BASE desde hacía años. Aunque nunca saltó de un edificio, la idea de atacar la Freedom Tower parecía lo máximo. Cuando Jimmy le preguntó a su antiguo amigo y colega BASE Marko si él también quería tomar la Freedom Tower, sus palmas sudaron. Como instructor de paracaidismo no era la altura lo que le daba miedo, sino el riesgo de ser atrapado. “No quería ir a la cárcel. No creía que valiera la pena”. Pero en mayo de 2013, después de que Jimmy ayudó a erigir la aguja arriba del edificio, finalmente había un techo del cual brincar… y Marko no resistió unirse al grupo.

    Antes de empacar el equipo, los tres hombres investigaron, debían asegurarse de que el clima permitiera tal salto. Andrew tenía la reputación por ser quisquilloso y echarse para atrás si el viento pegaba a más de 8 km/h. “No quiero terminar levantando el cuerpo de alguien porque tomaron una decisión estúpida”, expresa. Para tener los reportes más actualizados del centro de Manhattan, comenzó a hacer llamadas diarias a sistemas de clima automatizados para los aeropuertos de Nueva York y a comparar resultados con los de sitios web.

    Después tenía que revisar sitios de aterrizaje posibles. Según sus cálculos, sólo viajarían una cuadra al abrir sus paracaídas después de seis segundos de caída libre. Al revisar la vista satelital en Google Maps, notaron que sus opciones eran limitadas. Hay edificios justo al Norte, y al Sur las piscinas reflectantes del Memorial 9/11. La única dirección adecuada era el Este, justo en la West Side Highway, una de las carreteras con más tráfico de la ciudad. Tenían que asegurarse de aterrizar cuando el tráfico estuviera ligero. ¡Qué loco sería sobrevivir a una caída de 105 pisos sólo para terminar atropellado por un taxi! Brincarían a primera hora de la mañana del lunes. Lo último que tendrían que averiguar era cómo entrar a la torre. Los sitios de construcción, sabían por experiencia, cambian su logística conforme avanza el trabajo, así como los puntos de entrada. Claro, para este salto tenían un hombre infiltrado, pero aunque Jimmy conocía el despliegue del edificio, no tenía influencia sobre los guardias de seguridad. Estudiaron el terreno. Bardas y grandes barreras rodeaban al edificio, junto con cámaras de seguridad atacando desde todas las esquinas de la calle. El New York Police Department aseguraba tener a más de 200 oficiales, junto con policías y guardias de seguridad de Port Authority. Pero parecía haber espacios abiertos entre las divisiones de bardas, no había puertas y, aunque el elevador estaba terminado, tomarían las escaleras. Para finales de septiembre tenían todo en su lugar. Cuando buscaron el sitio de construcción, encontraron una barrera alta en el lado norte del edificio con un hueco entre dos partes de la barda, lo suficientemente grande para que entrarán.

     

    EL SALTO

    ¡Bingo! Aunque Marko le daba vueltas, se convenció. “Sólo hagámoslo”, le dijo a Andrew y Jimmy, “como equipo”. Las autoridades creen que un amigo de Jimmy, Kyle Hartwell, también estaba presente como vigía y para filmar el brinco desde abajo. El grupo no tenía intención de liberar públicamente el video, pero quería grabar el momento para ellos, así que tenían cámaras GoPro en sus cascos. Conforme se acercaban a la barda, mantenían bajas las cabezas para esconder sus caras de las cámaras. Mientras Marko otra vez dudaba, Andrew y Jimmy se burlaron de él entre bromas. “Cállate”, le dijo Andrew. “Deja de ser gallina”, aunque internamente compartían la misma duda. “No sabíamos si los policías dispararían por atrás al aterrizar”, dice Jimmy. Si algo animaba a estos hombres más allá del miedo, era el salto. Esperaron en el paso peatonal cerca de la reja, mientras la gente pasaba en ambas direcciones. Andrew se agachó para atarse el zapato. Marko revisó su mochila. Jimmy fingió orinar. Y luego, en un instante, se metieron por el hueco. Rápidamente tomaron cubierta tras un tráiler, revisando el área de guardias. Los únicos a la vista estaban en la cabina de seguridad de la esquina. A la cuenta de tres, corrieron hasta la escalera en la base del edificio. Uno por uno, subieron las escaleras, al estilo SWAT, tomando turnos en los diferentes pisos, asomándose por las esquinas, haciendo señales. Veinte minutos después estaban en el techo ante la vista más ilegal en América. Se sentaron en silencio, con los focos rojos de las cámaras GoPro parpadeando en la oscuridad. Después de unas horas de felicidad encontraron algo de qué preocuparse: como a las 2:00 am, cuando estaba alistándose para saltar, Marko sacó el equipo de su mochila y examinó el paracaídas piloto, el que jala al principal en un salto. Ahí notó el tajo. El nylon debió romperse en la barda mientras se escurría por el hueco. Aún podía brincar, pero tendría que jalar rápido su paracaídas a mano, reduciendo el tiempo de caída libre que él mismo había asignado. El repentino cambio de planes lo puso muy ansioso. Al asomarse por la orilla, el miedo le pegó como rayo. Pero el momento había llegado. Andrew dijo que Dios los vigilaba. Marko citó su frase favorita de Talladega Nights: “Thank you, Baby Jesus”. Intercambiaron abrazos. “Bueno”, dijo Marko, “con suerte esta noche no terminaremos en la cárcel con denuncias policiales”. Vio la autopista lejana y exhaló fuerte. “Ésta es una gran chingadera”, dijo mientras respiraba otra vez. “Hombre, al diablo”. “Esto está muy enfermo”, dijo Marko viendo hacia el pavimento hasta que, por fin, sacó el coraje para brincar. “Al diablo”. “Tres… dos… uno”. Y brincó. Casi al instante sacó su paracaídas que se infló con el aire. Andrew y Jimmy se sintieron aliviados cuando vieron abrirse el paracaídas de Marko. “Hermoso”, dijo Andrew. Como diez segundos después, era el turno de Jimmy. “¡¿Listo?!”, le preguntó. “Sí. Que disfrutes, hermano”. “Tú también, amigo”. Jimmy brincó por el borde y se dejó llevar por el viento. Al caer, la torre iluminada pasaba rápido por sus pies como si surfeara en un listón de luces. Abrió su paracaídas. Por un instante, pudo ver a Andrew flotando a su lado. Andrew sintió una plenitud que nunca antes había experimentado. Más que emoción, saltar de la Freedom Tower era la mayor conquista de América. “Es lo genial de este país”, dice. “Puedes lograr tus sueños, incluso si son ilegales”.

     

     

    “PRENDE LA TELEVISIÓN”

    Era el lunes en la mañana, pocas horas después del salto. Andrew le pedía a su mamá que checara las noticias. “A las 3:07 de esta mañana dos individuos saltaron en paracaídas frente al edificio Goldman Sachs”, el comisario de policía, Ray Kelly, le informaba a la prensa. “No estamos seguros al 100% de la ubicación, si salieron de un avión”, Kelly continuó, “pero se les vio caminando con sus paracaídas. De dónde salieron, no sabemos. Usaban trajes y cascos negros y parece que son hombres”. Pero mientras Andrew mantenía la calma, llamaron a la puerta de Marko. Era un detective de la NYPD. Pensó que dieron con él porque recientemente lo habían cachado mientras saltaba de un edificio en la parte alta de la ciudad.

    ¿Jimmy? Trabajando a sólo horas del salto, parado frente al techo de la Freedom Tower, intentando asimilar lo que había hecho. “Era algo de otro mundo”, dijo. La vida retomó su curso: trabajo, casa, un poco de salto BASE. Pero luego, el 17 de febrero, mientras Andrew iba rumbo a un trabajo de carpintería su mamá le llamó. “Hay detectives en la puerta”. “Bueno”, contestó, “supongo que debes dejarlos entrar”. Llegó a casa y encontró a ocho oficiales y cuatro tropas estatales afuera. Ese mismo día, las autoridades entregaron órdenes judiciales a Marko y Jimmy y se fueron con sus computadoras. Pero con la historia aún no pública, los tres hombres y sus abogados no evitaron preguntarse: “¿Por qué querrá la ciudad fijar la atención en el hecho de que el objetivo terrorista más grande de América puede traspasarse tan fácilmente?” Tan fácil que incluso un niño de 16 años pudo hacerlo. A las 4:00 am del 16 de marzo, Justin Casquejo se escabulló por otra apertura de la barda alrededor de la Freedom Tower, subió el andamio y tomó el elevador al piso 88. Cuando la noticia de este niño intrépido llegó a la prensa, el público reaccionó con coraje por la vulnerabilidad de la Freedom Tower. El alcalde de la ciudad de Nueva York, Bill de Blasio, llamó al acto de Casquejo como “escandaloso e inquietante”. Al chico lo acusaron de traspaso. Si la ciudad estaba dispuesta a hacer de él un ejemplo, ni imaginarse lo que haría con tres adultos. Cuando los policías encontraron el pietaje de las cámaras GoPro en las computadoras de los paracaidistas BASE, no estaban contentos. El 24 de marzo, por consejo de sus abogados, Andrew, Marko y Jimmy regresaron al centro… para entregarse. “Estos arrestos debieron enviar un mensaje a cualquiera que le diera mal uso a este emblema”, dijo el nuevo comisionado de la policía, William Bratton. “Estar buscando aventuras no te hace inmune a la ley”.

    “¿A dónde vamos”, preguntó el taxista. “Freedom Tower”, respondió Andrew. Un mes después de los arrestos, Andrew, Marko, Jimmy y yo nos dirigimos a la escena del delito. Los tres no han vuelto al sitio desde el brinco, pero al decidir compartir su historia conmigo por primera vez, acordaron tomar un viaje en el recuerdo. Acusados de robo, peligro imprudente y brincar de una estructura, pueden pasar hasta siete años en la cárcel. Por ahora se convirtieron en los practicantes de BASE más famosos del mundo. Los videos de su hazaña, que compartieron en YouTube, ya tienen más de tres millones de vistas, además les hablaron cineastas de Hollywood; de hecho, los videos reúnen dinero para la defensa del trío. Además, causaron un debate agitado en relación con lo que el New York Daily News denominó “una evidente brecha en la seguridad” del sitio.

    Entre aquéllos que expresaron su preocupación está el liderato del grupo 9/11 Parents and Families of Firefighters and WTC Victims, que salió a defenderlos: “Si estos hombres pueden colarse fácilmente sin encontrarse con guardias”, escribió la vicepresidenta del grupo, Sally Regenhard, al juez del New York Supreme Court, “entonces hay un gran problema en el WTC y no se aprendió ninguna lección de los casi 3,000 fallecidos del 9/11. No deben ser chivos expiatorios y deben ser tratados con indulgencia”. Algunos en la comunidad del salto BASE temen que los tres hombres paguen un precio caro por el interés que generó el caso. A pesar de las promesas de la ciudad, parece que la seguridad en la Freedom Tower no mejoró mucho, aunque hace poco se anunció que la misma firma que provee ese servicio en los aeropuertos de Nueva York ahora rondará el sitio. Aun así, cuando llegamos al edificio encontramos otro hueco. “Si quisiéramos, podríamos entrar ahora”, dice Andrew, mientras le da una jalada al cigarro y menea la cabeza con incredulidad. Más que otra cosa, parece frustrado de no poder dar otro salto. “Para mí, el salto BASE es una celebración de la vida y la celebración de la libertad”, dice viendo hacia la torre. “Quisiera hacerlo otra vez, durante el día, y verla al bajar”.

     

     

     

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