Rally más difícil e icónico del mundo: el Dakar

    Rally más difícil e icónico del mundo: el Dakar

    El desierto peruano fue el escenario de esa competencia en la que participaron más de 500 pilotos y copilotos de todo el mundo.

    Autor: Redacción Maxim 28 febrero, 2019


    FOTO: Cortesía Rally Dakar

    Por  Nicolás Martínez

     

    Durante una semana seguí de cerca el rally más difícil e icónico del mundo: el Dakar.

     

     

    Me paré frente a un camión de unos 3 o 4 metros de altura. Calculé que cada llanta alcanzaba un metro de diámetro y no podía pesar menos de 200 kilos. El logo de Red Bull, la famosa bebida energizante, envolvía toda la carrocería del vehículo y yo no podía imaginarme cómo semejante monstruo, tal mole de metal, podría moverse por el desierto peruano sin hundirse en la arena. Lo sé, no soy experto en esto. De hecho, era mi primera vez en un rally, y no precisamente en cualquiera: ahí estaba de pie frente a uno de los autos que competiría en nada más y nada menos que el Rally Dakar.

    Esa primera sorpresa la tuve en la base de la Fuerza Aérea en Lima durante las verificaciones administrativas de los competidores y las técnicas de sus vehículos. Era 5 de enero de 2019 y el rally empezaría al día siguiente, y aunque a la competencia asisten miles de personas de todo el mundo, estas verificaciones no están abiertas al público. Yo tuve el privilegio de estar ahí porque fui invitado a una experiencia VIP de parte de ASO (Amaury Sport Organisation), la organizadora del evento, y Motul, uno de sus patrocinadores más importantes.

     

     

    Antes de seguir, vale la pena hacer unas aclaraciones: el Rally Dakar empezó en 1979 y continuó haciéndose cada año hasta ahora. Al principio la ruta empezaba en París y terminaba en Dakar, la capital de Senegal, pero luego fueron cambiando la partida a diferentes ciudades europeas. Sin embargo, en 2008 hubo amenazas terroristas contra la competencia y ahí los organizadores decidieron trasladarla a Sudamérica. Desde entonces la ruta ha pasado por Argentina,

    Chile, Bolivia y Perú, aunque este año fue la primera vez que se realizó solo en este último país, donde compitieron en total 534 pilotos y copilotos en las categorías de autos todoterreno, motos, cuatrimotos, camiones y Side by Sides.

    Pero volviendo a la experiencia VIP, al otro día de las revisiones partí hacia Paracas, la capital del departamento de Ica, para presenciar la primera etapa de la competencia que iba de Lima a Pisco, un pueblo cercano. Pasé esa noche en el hotel DoubleTree Resort by Hilton Paracas y ahí recibí de parte del equipo organizador todo el kit necesario para disfrutar el rally: linterna, gorra, mochila, termo para agua y pañoleta de trekking. Para ese momento estaba impaciente. Quería presenciar en vivo lo que tantas veces había visto en videos: los autos en acción moviéndose con toda facilidad por las agrestes dunas del desierto.

     

     

    Al día siguiente, a las 8 de la mañana, me subí en una 4 x 4 que me llevó hasta el bivouac. Este lugar es un campamento que levantan en cada etapa del rally durante toda la ruta. Allí se hospedan los competidores, sus técnicos, el equipo de organizadores y otras tantas personas que en total suman entre 2 mil 500 y 3 mil. Es un pequeño pueblito de unas ocho hectáreas donde hay talleres especializados para los vehículos, comedores, centros médicos, carpas, zonas de descanso, etc. Desde este espacio ambulante se maneja todo el rally y ahí mismo me subí al helicóptero oficial del director de la ASO para ver la competición desde el aire.

     

     

    La experiencia fue increíble. Estaba justo encima de los competidores, persiguiéndolos, y podía ver cómo buscaban atajos, aunque fuera por terrenos más complejos, con la intención de recortar sus tiempos. Mientras tanto, el piloto del helicóptero se acercaba cada vez más al suelo para poder tomar fotos. Era alucinante: estaba prácticamente haciendo el recorrido con los pilotos, una sensación que iba más allá de verlos pasar al frente. No estoy exagerando cuando digo que casi podía sentir su emoción, su estrés, su felicidad de estar en esa competencia.

     

     

    Eso fue el 7 de enero. Un día después la experiencia empezó a las 6 de la mañana. Para mi sorpresa el frío era muchísimo. Yo no lo tenía claro en ese momento, pero aunque las temperaturas en los desiertos durante el día son muy altas, en las noches son extremadamente bajas y a esa hora de la mañana el sol apenas empezaba a hacer de las suyas. Me acomodé con otro grupo de espectadores en un tipi con comida y cervezas para ver pasar los autos. Primero fueron los todoterreno, con una diferencia de salida de unos tres minutos cada uno. El objetivo no es lanzarse en una carrera y sobrepasar a los rivales, sino hacer el recorrido en el menor tiempo posible.

     

     

    Al principio los veía pasar a lo lejos, pero junto a los otros que estaban ahí fuimos perdiendo el miedo y poco a poco nos acercamos. No hay barreras que separen al público de la ruta. Los espectadores se ubican hasta el límite donde saben que no los van a arrollar los vehículos, pero yo no fui tan intrépido. Eso sí, acepté trepar una duna altísima mientras los pies se me hundían en la arena, pero todo con el fin de presenciar la competencia desde un punto privilegiado que me daba mayor campo visual. Y no me arrepiento: era majestuosa la forma en que los competidores luchaban contra ese terreno tan hostil que por momentos les hacía perder el control del vehículo. Entonces entendí por qué es considerado uno de los rallys más riesgosos del mundo en el que incluso han muerto 25 competidores en su historia.

     

     

    Claro, eso no me hacía perder la emoción del momento; de hecho, aumentaba mi adrenalina. Mientras pasaba el siguiente carro, aprovechaba para hablar con espectadores de todo el mundo sobre los favoritos: algunos decían que los españoles, otros que los franceses y unos locales decían que los peruanos eran la revelación del año. Luego de los todoterreno, siguieron las motos, y de ahí las cuatrimotos y los Side by Side. Por último, aparecieron los más esperados no solo por mí, sino por varias personas alrededor: los camiones que, sin duda, son los reyes del Dakar, los rockstars. Los motores rugían y las llantas gigantescas nos salpicaban con arena. Qué espectáculo.

     

     

    Así terminó mi experiencia VIP en el Rally Dakar 2019. La siguiente etapa sería en San Juan de Marcona y la competencia culminaría en Lima el 17 de enero. Me enteré entonces, ya de regreso, que los ganadores habían sido Nasser Al-Attiyah (Qatar) en todoterreno, Toby Price (Australia) en moto, Nicolás Cavgliasso (Argentina) en cuatrimoto, Francisco López (Chile) en Side by Side y Eduard Nikoláiev (Rusia) en camión. También me sentí inmensamente afortunado de haber estado en el último Rally Dakar en Sudamérica en varios años, porque ya varios medios y pilotos reconocidos anunciaron que a partir de 2020 el nuevo escenario será el desierto de Arabia Saudita, en el Medio Oriente. Desde ya estoy buscando boletos para no perdérmelo.

     

     

     

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