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    Rebeldía y coherencia

    Conversamos con Damián Alcázar al respecto de su carrera dentro de la actuación. Y sí, se mantiene fiel a su estilo: interpretar personajes que estén en sintonía con su ideología.

    Autor: Redacción Maxim 8 julio, 2016


    Foto: Leonardo Sánchez.

    Foto: Leonardo Sánchez.

    Por Sergio Ramírez

     

     

    Muchas cosas han cambiado en la vida de Damián Alcázar desde que vio las primeras imágenes en movimiento proyectadas sobre la pared blanca de una pequeña iglesia. En aquel entonces, Alcázar era un asombrado niño de unos cinco años, en Zapopan (donde pasó sus primeros años, aunque realmente nació en Michoacán), y sus héroes: Charlton Heston y John Wayne.

    Hoy, Alcázar es uno de los actores más respetados del país y sus héroes son otros. “Me arrepentí, Porque cuando me la pasaba detrás de la pantalla jugando me imaginaba que era un cowboy matando a los oscuritos”. Los primeros filmes que vio eran westerns y, normalmente, los “malos” eran los indígenas y los mexicanos, mientras que los “buenos” eran los estadounidenses blancos. Con el tiempo, Damián decidió pasarse al otro bando, como un gesto de la evolución ideológica que tuvo con los años. Muestra de lo anterior es que ha declinado a la oportunidad de actuar en grandes producciones con directores de la talla de Tony Scott (Top Gun, Enemigo público, Hombre en llamas) sólo para no contribuir con el estereotipo. “Me han llamado, pero al final siempre pasa que mi papel es de malo y que el gringo es el héroe, entonces digo que no, así sea con uno de estos gigantes de la dirección. Me llegan a decir que Mel Gibson quiere hacer una película conmigo. Sí, claro, pero si soy el policía corrupto que lo tortura, no gracias, que lo haga otro, que seguramente lo va a hacer bien. A mí no me interesa. No es que me niegue a hacer películas estadounidenses porque sí, es que yo quiero contar otro tipo de historias”, confiesa Damián.

     

    Enfrentar la realidad

    Desde muy pronto, Damián supo que su espíritu sería rebelde y coherente: en su época como estudiante de secundaria, cuando la Matanza de Tlatelolco se dio en 1968, él estuvo presente en las manifestaciones que se programaron posteriormente para protestar por la represión. También esa identidad se hizo presente cuando al terminar el colegio decidió no seguir estudiando, en lo que reconoce fue un acto de rebeldía que, sin embargo, le permitió conocer un mundo que, aún hoy, marca su vida y su trabajo. “En mi casa me dijeron que si no quería estudiar, entonces me pusiera a trabajar”. Antes de cumplir los 18 años, Alcázar, de una familia de clase media, terminó convertido en obrero de una fábrica. “Manejaba una máquina de inyección de plástico. Eran unos artefactos muy rudimentarios en los que se hacían vasitos desechables y tapas de bolígrafos, cosas así. Yo no tenía problema, porque siempre me gustó mucho el trabajo manual, pero me di cuenta de lo que sufre un obrero, las horas que trabaja, el sueldo miserable que se le paga, mismo que es con el que debe mantener a su familia”, comenta.

     

    Con el tiempo, no obstante, se dio cuenta de que no quería ser obrero  hasta ser viejo. “Tenía compañeros que ganaban cinco pesos más que yo tras décadas de dejar ahí los riñones y la espalda”. Después de cuatro años de trabajar en diferentes fábricas, finalmente aceptó ir a la universidad. Ahora, el problema era elegir qué hacer. “Intenté ser veterinario y también maestro de educación física. En la secundaria me gustaba mucho pintar, Así que también traté, pero tampoco pude hacerme artista plástico, que es algo que tengo ahí como escondido”. Por cierto, tan escondido como las canciones que ha compuesto (hoy la gran mayoría le parecen horribles) o los cuentos cortos que ha dejado de escribir porque, asegura, le quitan demasiado tiempo de su trabajo. “Soy muy obsesivo, me vuelco mucho sobre lo que hago, entonces si me pongo a escribir dejo de preparar mis personajes”.

     

    Su verdadera vocación

    Ni veterinario ni profesor ni artista. Al final, una vecina de su nuevo barrio en la Ciudad de México le habló de una escuela donde dictaban clases de canto, guitarra, danza y teatro. Damián quería hacerlo todo, pero su nueva amiga le dijo que eso era como el síndrome del pato. “Le pregunte qué significaba eso y me explicó que yo quería ser como un pato, que canta, nada, vuela, pero al final no hace nada bien”. “Enfócate”, le dijo ella, y Alcázar se decidió por la actuación. “Entré a la primera clase de teatro y ahí me quedé. Me di cuenta de que eso era lo que siempre quise hacer, pero lo había olvidado”.

    Lo que no sacó de su memoria fue lo que le quedó de sus épocas de obrero y activista estudiantil. “Es algo personal. Hay compañeros actores que conocí en nuestros inicios y ellos optaron por la fama y el dinero; sobre todo por el dinero, y hacen lo que les pongan si les pagan bien. Eso es respetable, porque no todo el mundo debe que tener una visión igual de las cosas, pero si en lugar de actor hubiera sido dentista, mi concepción habría sido la misma: de equidad, de respeto por lo que hago y de orgullo”.

    Por su parte, igual hubiera podido ser guerrillero, debido a que llegó a pensar en viajar a Nicaragua y unirse a los sandinistas. Afortunadamente para el arte, eso no pasó. “Mi mamá me agarró de las greñas y me dijo: ‘¡¿a dónde crees que vas?!’, y no me fui”. Le digo que no me lo imagino empuñando un arma de verdad. “Seguro habría servido de algo, para recoger heridos, cuidar niños o ayudar en la cocina”, complementa mi idea.

     

     

    Haciéndose Escuchar

     

    No obstante, sirvió para decir lo que piensa. “El primer papel que hice en el cine fue un personaje homosexual. En la mitad de la película me di cuenta de que sólo estaba pretendiendo ser. Me acordé de un compañero de la escuela de teatro (finalmente estudió actuación en el Instituto Nacional de Bellas Artes y luego en la Universidad Veracruzana) con el que había hablado mucho sobre lo difícil que era para él ser diferente en una sociedad tan cerrada como la sierra veracruzana, el rechazo de su familia, de sus compañeros en la escuela. Pensé en él  y entendí que no se trataba sólo de actuar, que con mi trabajo podía hablar por muchos que no tienen voz”.

     

    En esa sintonía lleva casi 30 años de trabajo. Una década después de su debut, interpretó a un político corrupto en La ley de Herodes, una de las mejores cintas de la historia del cine latinoamericano, y desde entonces no hay quién lo calle. “Había que dar la cara y no estar como todo el mundo tratando de no comprometerse. La gente dice que no habla de política; por eso, por dejarle la política a los políticos es que estamos tan jodidos”. Su compromiso es total con su carrera, por la que ha tenido que hacer sacrificios. Ha actuado en Estados Unidos, México, en Colombia (protagonizó Satanás, bajo la dirección de Andi Baiz, y García, de José Luis Rugeles), Ecuador, Bolivia, Paraguay y ahora Perú con el filme Magallanes. Se pasa la mitad de la vida entre aviones y hoteles. “Digo que vivo en San Miguel de Allende (en Guanajuato) porque estoy enamorado, ella vive allá y estoy tratando de darle todo el tiempo que pueda. Quiero pensar que no es en vano, que va a aguantar, porque no aguantan, es muy difícil, cuatro años cuando mucho, porque nunca estás en casa y al final en casa se come estés tú o no. Hace tiempo que me di cuenta de que le doy prioridad
    a mi carrera, pero es que no he encontrado una alternativa. Es muy duro, porque se pierden personas maravillosas, pero no puedo parar, no puedo dedicarme a otra cosa y no sé si algún día lo voy a conseguir, porque la verdad tampoco es que me interese mucho parar. Quisiera equilibrar las cosas, hasta donde sea posible, pero si no actúo, si no estoy haciendo un personaje, realmente me la paso muy mal”, concluye Alcázar para Maxim.

     

     

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