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    Rommel Pacheco, salto a la gloria

    Uno de los clavadistas más importantes en México, sabe que Tokio será un lugar para demostrar que es el número uno a nivel mundial.

    Autor: Paulyna Mérida 9 febrero, 2017


    Fotos: Jorge Ramírez-Posada.

     

    Era una tarde calurosa de 1997 en mérida, yucatán. Rommel tenía 11 años y empacaba para irse a vivir a un internado del Comité Olímpico en la Ciudad de México, para dedicarse al 100% a los clavados. En el autobús pensaba: “quiero ir a las olimpiadas algún día y representar a mi país”. Cuando llegó ya habían comenzado las clases; él era el único niño, eran puras niñas y adaptarse no fue fácil. Pero Rommel tuvo algo muy claro en su mente y en corazón: “Vine por un sueño y un objetivo.
     
    Lo tengo que lograr”. ¿Qué significan estos recuerdos para ti?, le pregunté. “Fue difícil porque estaba lejos de mi familia, pero lo volvería a hacer, y sería un poco más inteligente en ciertas decisiones y corregiría unos errores para hacer las cosas más fáciles”.
     
    Su historia comenzó siendo casi de bebé. Tenía tres años e increíblemente ya empezaba a practicar deportes, como natación, béisbol, gimnasia y clavados. En ese momento vieron el talento nato y que desarrollaba con facilidad. Uno de los entrenadores le dijo a sus papás: “este pequeño tiene flexibilidad, habilidad de brinco, acrobacia, entre otras capacidades. Tiene un gran futuro en la disciplina de clavados”. Desde ese momento, ha sentido el apoyo de sus papás, “nunca han sido intensos. Me han dejado hacer lo que me gusta y en el momento en el que ya no quiera, sé que estarán ahí, me vaya bien o mal”, comenta Rommel. Teníamos curiosidad de saber cómo fue su primer clavado. “No fue en el agua, pasó cuando era bebé. Nunca dejaba de moverme y en lo que mi mamá volteó por el talco, yo me salí de la tina y cuando miró yo ya estaba en el piso”, relata entre risas.

     

     

    A sus 30 años tiene más de 200 medallas, y entre las más importantes se encuentran la de bronce en el Mundial de clavados, oro en la Copa del Mundo y campeón Mundial Universitario. Tan sólo en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015 demostró ser el mejor en su categoría al llevarse dos medallas de oro en trampolín de tres metros individual y sincronizados.

     
    Tuvimos la oportunidad de ver cómo entrena en el Centro Acuático CEFORMA. Por un momento calentaba haciendo maromas y brincos en un trampolín lleno de colchonetas junto a su compañero Jahir Ocampo —ellos compitieron juntos en clavados sincronizados en Río 2016—. Poco después fueron a la Alberca Olímpica, donde su entrenadora les daba instrucciones. Rommel al menos hizo 50 clavados desde el trampolín de un metro.
     
    En su entrenamiento se daba la libertad de conversar con otras personas, hacer unas fotografías para sus redes sociales y bailar con la música de fondo que había en el gimnasio.

    La aventura en Río de Janeiro

     
    Aunque en Londres 2012 no tuvo participación alguna —no logró clasificar—, llegó a Río 2016 para competir en el trampolín de tres metros. Quedó en séptimo lugar por no alcanzar una buena puntuación en el primer clavado. “Al final quedas un poco triste y enojado pero no hay nada que se pueda hacer; hay que aprender de los errores. El trabajo y la preparación ahí estuvieron; entonces de mi parte no hay como ‘y si hubiera hecho esto’; es aprender y continuar”, reflexiona. Para Rommel siempre es una gran satisfacción poder estar ahí y competir por México. “Se siente bonito cuando llegas a México y la gente te dice: ‘qué bien competiste, sufrí contigo al verte en la competencia’. Siempre me sacan una sonrisa”, dice el clavadista.

     

    También participó con Jahir en los clavados sincronizados de trampolín de tres metros, y quien se desconcertó debido a una luz encendida en el momento previo del último salto. Fue una polémica de si era correcto que repitieran el clavado o no, y hasta se comentó en redes sociales a nivel mundial. ¿Qué fue lo que paso, cómo lo viviste?, le pregunté. “Hubo una luz cuando estábamos ejecutando el clavado.
     
    Los jueces del lado izquierdo la vieron, pero la juez del lado derecho no la vio. Como en todo, hay políticas, situaciones y los que tienen la última decisión eran los jueces. No fue la mejor situación, pero ni modo”, responde. Aunque tal vez uno podría pensar que es difícil trabajar en equipo, Rommel opina todo lo contrario: “Nos llevamos muy bien. A veces él tiene un error, o yo; en el entrenamiento diario hay mucha comunicación entre nosotros. Estés con un compañero o solo, hay mucha gente detrás de ti. Siempre es bueno tener excelente comunicación”, argumenta.
     
    Para 2017 vienen varias competencias para Rommel. Tiene la serie mundial, cuyas sedes serán Beijing, Dubái, Canadá y Rusia. En torno a la competencia, tendrá tiempo de pasar varias semanas en estos lugares, un buen pretexto para conocer otros lugares. “La verdad es que viajar es lo mejor que existe, conoces la cultura y aprendes de las personas. También te das cuenta de que México tiene todo, como los pueblos mágicos. La verdad, no le pedimos nada a ningún país”, afirma.
     
    El próximo ciclo olímpico es Tokio 2020, aunque es un camino largo, Rommel está dispuesto a aprender de esos errores que le arrebataron la medalla en Río para ser el número uno a nivel mundial.
     

    El deporte no es para siempre

     
    Rommel tiene bien claro que su profesión de deportista no durará siempre. En su tiempo como clavadista se dedicó a estudiar Administración, carrera que terminó en 2013, en la Anáhuac Sur. “Es pesado después de entrenar tantas horas y el tráfico, pero también te ayuda a despejarte un poquito. Además, conoces otro tipo de personas, ya que suele pasar que te metes a una burbuja que nada más es clavados”.

     
    Después de sus siete horas diarias de entrenamiento, estudia la maestría en Capital Humano. Rommel tiene 30 años, le gusta ir al cine, se da el permiso de comer lo que sea —obvio, no siempre—.

     

    Cuando terminó la charla, nos despedimos con un fuerte abrazo. “Buena suerte en las competencia”, le dije. Rommel sonrió y dijo adiós con su mano. Estaba listo para ir a comer… y volver a entrenar.

     

     

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