Serena Williams, Full Court | Maxim México tiene todo lo que necesitas para disfrutar de la vida | Maxim México

    Serena Williams, Full Court

    Sigue rompiendo nuevas marcas a sus 35 años. El camino de victorias no ha sido fácil, pero valió la pena.

    Autor: Redacción Maxim 3 febrero, 2017


    Foto: Cortesía Nike.

     

    Por Bill Saporito

     

    Hay momentos en los que estás viendo jugar a Serena Williams tan ridículamente bien que sólo quieres alejarte. No por ella, sino por el espectáculo de ella desmantelando a otro profesional superpuesto de manera desesperada en las primeras rondas de un torneo. No hay nada malévolo en su actuación; ella siempre es elegante en la victoria, pero no desaparece su atletismo. Cuando Serena juega, en verdad quiere ganar. “Todo el mundo que me conoce sabe que me encanta ganar, en especial en las grandes etapas”, dijo después de aplastar a Magdaléna Rybáriková en 44 minutos de primera ronda en el Abierto de Francia.

     
    ¿Qué tanto quiere ganar Serena Williams? Mucho más de lo que tú quieres: acaba de conseguir su récord de 23 torneos Grand Slam en el Abierto de Australia. Pero la búsqueda de Serena por más de éstos no ha disminuido su vida de celebridad: vendiendo su línea de ropa en HSN, saliendo con Drake, haciendo trabajo de caridad, siendo una activista social, convirtiéndose en una artista y disfrutando de la admiración de todos desde Martha Stewart y Sheryl Sandberg, hasta J.K. Rowling, al ex presidente Obama y su esposa.

     

    La mejor jugadora del mundo —la mejor de todos los tiempos, según el legendario Chris Evert— dejará de ser la número 1 cuando quiera, como ha dicho Martina Navratilova. Al ganar los 23 Slams, además de cuatro medallas olímpicas de oro, Serena ha superado a algunos de los grandes del juego: Navratilova, Martina Hingis, Lindsay Davenport, Justine Henin, Kim Clijsters, María Sharapova y a su hermana, Venus. Ella también se convirtió en la atleta femenina más ganadora del mundo, recaudando $29 millones de dólares en premios y reconocimientos solamente en el año anterior.

     

    Aunque creció en California, es casi correcto decir que Williams nació en Míchigan. Ella siempre exhibe en la cancha lo que podríamos llamar músculo de Detroit: un potente motor envuelto en un elegante cuerpo de carreras. Ella tiene el mejor servicio en la historia del tenis femenino con una marca de casi 209 km/h, pero no es una smasher de línea recta. Como cualquier coche de carreras ágil, es experta en tomar curvas. Su fuerza le permite atacar su revés de dos manos desde ángulos que no parecen posibles, con su gruñido de marca que significa el final del punto. Sin embargo, su juego en los últimos cinco o seis años se volvió mucho más sofisticado, y su juego neto, cortesía de años de jugar dobles con Venus, está perfeccionado.

     

    Pero detrás de la brillante toma de tiro hay una dimensión que no es tan obvia para los fans casuales. Una cancha de tenis en una final de Grand Slam es el lugar más solitario de la Tierra. No hay un entrenador con quién hablar, sus errores son presenciados por millones. Se convierte en un juego mental que muchos jugadores pierden en los momentos críticos. Tan grande como su servicio, la fuerza mental de Serena, es aún más fuerte. “Tal vez la mente más fortalecida, competitiva y enfocada en el tenis desde Billie Jean King y Chris Evert”, opina Mark Benerofe, exmiembro de la Junta de Tenis de la Mujer y quien ha trabajado con Williams.

     

    Ella es la más grande de las más grandes, famosa por encontrar una manera de ganar. Demostró que en el Abierto de Francia del 2015, agotada, tosiendo y arruinada por la gripe y una temperatura alta, básicamente se obligó a entrar en la final. Por un set en la semifinal, sacó una valiente victoria de tres sets sobre Timea Bacsinszky. Luego alcanzó la final y también golpeó a Lucie Safarova en tres. “Eso quizá va a ser algo que siempre resalta en mi mente, como, wow, de todos mis títulos, fue una locura que pudiera ganar ése”, recordó. Este impulso y competitividad la llevan a algunos momentos de fuego en la cancha, pero como ha madurado, su sentido del humor también se volvió mucho más evidente. El año antepasado, en un partido en Australia, hizo reír al público pidiendo un café expreso doble durante un cambio. “Tengo jet lag”, le explicó al árbitro de la silla, tratando de reprimir su propia risa. “¿Está permitido?”, lo estaba, y se recuperó para ganar. Le gusta sacar energía en los clubes de karaoke. Aunque digamos que su nivel no es tan bueno como en el tenis.

     

    Admiradora de las pioneras de tenis como King, Serena también acepta la responsabilidad de un papel de liderazgo en la gira. Ella ha sido una defensora de obtener mejores beneficios de pago y atención de la salud para las mujeres de menor rango, exige igualdad con los hombres en las ganancias de un torneo. A principios del año anterior, cuando el director del torneo de Indian Wells, Raymond Moore, sugirió que las tenistas no merecían la misma factura o el mismo salario que los hombres, fue Serena quien intervino al decir que esta declaración era inoportuna para “Toda mujer de este planeta que siempre ha intentado luchar por lo que cree”. Moore perdió su cargo poco después.

     

    Hay un poco de mitología vinculada a Serena Williams, quien se convirtió en una campeona a pesar de venir de un pasado desfavorecido. La realidad es que Serena tenía padres trabajadores que se dedicaban de manera singular a darle a ella y a sus cuatro hermanas todas las ventajas posibles que pudieran. Nunca hubo ninguna duda en la mente de Richard Williams de que sus hijas iban a ser campeonas de tenis. En su autobiografía, En la línea, Serena describió cómo su padre llegó a esta conclusión incluso antes de que ella naciera. Viendo el Abierto de Francia en 1978, se sorprendió al saber que un jugador de primer nivel ganaría $40,000 dólares esa semana. No veía razón por la que sus hijas no pudieran jugar en ese nivel. El viaje de niña prodigio a superestrella mundial no sería perfecto para una joven negra en lo que era un deporte decididamente blanco. “Admitámoslo”, dijo Mary Joe Fernández en una entrevista posterior al Wimbledon en el 2014, “has visto algunas multitudes difíciles en todo el mundo”. Tal vez lo peor fue en Indian Wells, California, donde Serena fue objeto de abuso de la multitud. En el 2001, después de que Venus se retirara de la semifinal con una lesión, privando a los fans del enfrentamiento Williams vs. Williams que tanto esperaban. En la final, Serena fue abucheada —y a su padre lo insultaron con la palabra que inicia con  N—. Todavía era una adolescente. “Fue una sensación horrible”, describe Serena en un documental de Epix: “Recuerdo que manejé a casa y lloré todo el camino. Mientras ocurría eso sostenía el trofeo”.

     

    Ella juró nunca volver a ese torneo. Pero en los años siguientes, visitó África, donde estableció escuelas (enfatizando la igualdad para las niñas) y se reunió con el expresidente sudafricano Nelson Mandela, encarcelado durante 27 años por las autoridades racistas del Apartheid. La notable capacidad de Mandela de perdonar a sus opresores le ayudó a cambiar de opinión. “He crecido como jugadora de tenis y, lo que es más importante, como un ser humano”, explicó en un ensayo, anunciando su regreso al Indian Wells el año anterior.

     

    Ese crecimiento fue evidente en el Abierto de Francia. Durante la ceremonia de premiación después del partido, habló en francés, un idioma que comenzó a estudiar. Más tarde, vio su pérdida en la final en Roland Garros como una oportunidad educativa. “Definitivamente es algo que quiero diseccionar y ver. ¿Qué puedo aprender de eso y qué puedo hacer para mejorarlo? Ésa es la única manera de seguir mejorando”, dijo. La perspectiva de que Serena Williams mejore después de una década de dominar la gira no es algo que sus oponentes deberían esperar. “He tenido críticos que diciéndome que nunca ganaría otro Grand Slam cuando sólo estaba ubicada en el número siete”, dijo en un discurso del premio Sportsperson del Año de Sports Illustrated el año pasado. Y, bueno, lo acaba de hacer de nuevo.

Sigue rompiendo nuevas marcas a sus 35 años. El camino de victorias no ha sido fácil, pero valió la pena.